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Un francotirador de los Navy SEALs desvela los secretos más letales

Kevin Lacz (más conocido como «Dauber» entre sus compañeros SEALs) responde a ABC igual que manejaba su fusil de francotirador: de forma precisa y dirigiéndose a los puntos vitales de las preguntas. Su apariencia y sus afables palabras hacen que parezca que no ha roto un plato en su vida. Pero sobre su conciencia residió durante muchos años una gran responsabilidad, la de determinar quién vivía y quién moría bajo sus balas. Una decisión que tomaba diariamente a través de la mira telescópica de un rifle Mk11, su favorito durante los interminables meses que pasó en Irak.

Arrebatar una vida era duro, según explica, pero no tenía tiempo por entonces para debates internos. Y, en el caso de que las dudas rondaran por su cabeza, se veía obligado a alejarlas en milésimas de segundo. De lo contrario, él podría ser el que cayera inerte sobre la tierra de Oriente. Es algo que deja claro en una buena parte de sus frases: «Mi objetivo era sencillo: matar a los malos».

Este norteamericano, con su más de metro noventa de altura (y también sanitario), es a día de hoy un exmiembro de los Navy SEALs, una de las unidades especiales más letales y preparadas del mundo gracias a su capacidad de actuar por mar, aire y tierra Sea, air, and land», cuya unión da el nombre de «SEAL»). Tras muchos años de historia, este grupo puede enorgullecerse de haber participado en misiones de «acción directa» como la liberación del capitán Phillips después de que su buque fuese capturado por piratas; o la muerte de Osama Bin Laden.

Estos días, sin embargo, el antiguo militar se encuentra en España por un motivo diferente: acaba de publicar un libro llamado «El último francotirador» (editado por Memoria Crítica) en el que narra en primera persona sus vivencias durante la batalla de Ramadi, acaecida durante la guerra de Irak. La misma contienda en la que conoció y combatió mano a mano junto al también francotirador Chris Kyle.

Un poco de historia

En la actualidad, los SEALs son una unidad de combate letal cuyos miembros están entrenados para llevar a cabo tanto asaltos directos, como misiones de infiltración por tierra, mar y aire. Sin embargo, no siempre fueron un grupo con estos objetivos. De hecho, su origen extra oficial se remonta hasta los años 40.

Así lo explica Lacz a ABC: «Los SEALs son una evolución de las antiguas unidades marítimas que participaron en el Desembarco de Normandía durante la Segunda Guerra Mundial haciendo labores de exploración y eliminación de obstáculos». No le falta razón al francotirador (quien se interpretó a sí mismo en el largometraje «American Sniper», de Clint Eastwood), pues el grupo nació cuando los aliados se propusieron asediar la Muralla Atlántica del norte de Francia mediante una gigantesca operación protagonizada por la mayor flota de la historia.

De forma más concreta, los SEALs tienen una serie de «abuelos» directos entre los que destacan los «Scouts and Raiders», una unidad conjunta naval y terrestre que se formó ocho meses después del ataque a Pearl Harbour y cuyo objetivo era reconocer la zona de desembarco de sus compañeros. Ellos fueron, por ejemplo, los que colaboraron en los sucesivos ataques de Sicilia, Salerno, Anzio y, posteriormente, Normandía. Al menos, así lo afirma el dossier oficial del gobierno norteamericano «Naval SEAL history».

Pero estos no son los únicos «parientes lejanos» de los hombres más letales de Estados Unidos. En su árbol genealógico también podemos encontrar a los nadadores de combate de la Oficina de Servicios Estratégicos (entrenados en 1943 para sumergirse y atacar con bombas lapa al enemigo) y otros tantos.

Con todo, los antepasados más directos de los SEALs son los Equipos de Demolición de Combate Naval (o NCDU, atendiendo a sus siglas en inglés). Esta fue una unidad que se especializó en técnicas de ataque típicas de comandos y el manejo de explosivos. A día de hoy se parecen a la unidad en la que combatió Lacz no tanto por sus objetivos (fueron creados con la intención de volar los obstáculos que había puesto a miles el mariscal Rommel en las playas para evitar el Desembarco de Normandía), sino porque su entrenamiento era igual de duro que el actual.

Todas ellas fueron determinantes para el desarrollo de la contienda y sirvieron como pilares básicos para crear -de manos de John F. Kennedy, en 1962– los SEAL, una pequeña fuerza marítima ideada, en principio, para perpetrar la guerra no convencional asaltando al contrario desde las aguas. Pero un grupo que, en pleno 2016, es usado también tierra adentro para llevar a cabo misiones alocadas que harían desesperar a cualquier militar. «El objetivo de cualquier fuerza armada es acabar con el contrario, pero nuestro trabajo es algo diferente al del ejército y de la marina. Nosotros hacemos golpes de mano en mitad de la noche, acciones directas, o labores de infiltración», explica Lacz a este diario.

El entrenamiento de un SEAL

Armas, voluntad, valor… Estos factores son los que forman a un verdadero SEAL pero, según Lacz, hay un elemento más que convierte a un soldado en un verdadero «Hombre rana» (como ellos se hacen llamar): superar la dureza de la instrucción. «Lo que nos diferencia del resto es que nuestro entrenamiento no lo podría pasar el 85% de la población. Es más que difícil, es peligroso si no se es apto. Pero es el que nos prepara, por ejemplo, para nadar mucho mejor que el resto de unidades», explica el francotirador.

El entrenamiento de un SEAL, tal y como se afirma en el libro «El último francotirador», comienza con una fase de «formación doctrinal e instrucción previa». Un mero acondicionamiento para el verdadero período de prueba, el BUD/S («Basic Underwater Demolition/SEAL» o curso de demolición submarina básica). Dicho así puede parecer sencillo pero, en palabras del entrevistado, son unos meses de auténtico infierno -divididos en varias fases- en el que las capacidades físicas y mentales de los aspirantes son puestas al límite. «De nada vale ser el más rápido, o el que mejor nada. Tienes que ser constante», añade.

Después de horas y horas corriendo por la playa y sufriendo el tacto de las mar helado en la península de Coronado (California), aquellos que no se rinden llegan a la última prueba de la primera fase del entrenamiento. «Se llama la “Semana Infernal” y es la cuarta de la primera fase. Dura cinco días y medio. En ellos duermes un total de cuatro horas. Es una verdadera tortura. Consiste en pasar horas y horas en agua gélida sin poder salir; correr con barcas de 50 kilos encima de la cabeza… Todo eso una y otra vez. Te hacen pasar por algo que nunca jamás vas a sufrir a no ser que vuelvas a hacer ese entrenamiento», explica Lacz.

Los datos avalan sus palabras. Él comenzó la «Semana Infernal» con 100 compañeros, pero de ellos solo terminaron 39. «Lo más bárbaro es la parte mental. Juegan con tu cabeza. Un viernes por la tarde, por ejemplo, nos dijeron que íbamos a hacer una carrera de tres kilómetros. Corrimos al máximo de fuerzas porque, si no llegábamos en el tiempo estipulado, nos hacían volver a pie. Pero, cuando todo debería haber terminado, nuestro instructor siguió corriendo. No tuvimos más remedio que seguirle. Eran las normas. Al final, lo que parecía un recorrido sencillo terminó siendo una maratón de 18 millas [unos 30 kilómetros]. Esos juegos mentales acaban contigo», añade.

Esa no fue la única crueldad que cometieron contra él. En otra ocasión, cuando estaba a punto de comer después de estar horas y horas corriendo (y tras haber sufrido para abrir con sus manos amoratadas por la hipotermia la ración), su superior le tiró una palada de arena sobre la cena para que no pudiera metérsela entre pecho y espalda. Aquello fue un severo golpe que le demostró que no habría compasión en nada. Solo odio. A pesar de ello, Lacz aguantó y, como unos pocos, se negó a tocar tres veces la campana que había en el campamento (la señal de que se abandonaba y se volvía a casa). Como explica en su nuevo libro, sabía que ese sencillo gesto le granjearía un café caliente y el final del sufrimiento, pero no estaba dispuesto a renunciar a ser un SEAL.

Aquellos que resisten la tentación de mandar todo el entrenamiento al infierno pasan a la siguientes fases, entre las que se incluyen una formación como buzo de combate. Posteriormente, los aspirantes llevan a cabo un curso intensivo de salto en paracaídas (Lacz lo realizó en Fort Benning) y, finalmente (y siempre en palabras del francotirador), la Instrucción de Capacitación como SEAL o SQT.

«La Capacitación es un curso de cuatro meses en el que los SEALs empiezan a aprender el millar de tácticas y conocimientos que los convertirán en agentes especiales de élite. En ella aprendí a planear misiones, reunir datos de inteligencia, organizar las comunicaciones o el reconocimiento, orientarme por mar y tierra y un millón de cosas más», explica nuestro protagonista, en este caso, en su obra.

El arte del francotirador

Lacz también llevó a cabo un curso en la escuela de francotiradores para el que no tuvo que pasar ninguna prueba debido a que había una plaza libre. «Me preguntaron si quería ir y fui. No hubo un proceso de selección muy grande para acceder». Allí se dio cuenta también, como señala a este diario, de que ser un tirador de élite no es solo apretar el gatillo, sino también «participar en labores de inteligencia y obtener información». Todas ellas, capacidades que -posteriormente- harían que su unidad fuese mucho más valiosa en Irak.

«La mejor parte de ser un SEAL es que tienes la oportunidad de hacer muchos trabajos. Tu labor principal es ser un SEAL, así que se espera de ti que puedas asaltar una posición, trabar combate directo y disparar. Pero yo era además sanitario. También aprendí a entrar en casas ocupadas el primero; a usar tenazas para acceder a un barco por la fuerza… Y, además de todo esto, fui francotirador. En la misión yo era un SEAL y un sanitario. Después, si se requería un francotirador, tomaba ese rol. Cada hombre en los SEAL tiene dos o tres trabajos que sabe desempeñar al 100% y la vez», explica a ABC.

En la escuela, según señala, también aprendió cómo hacer los cálculos necesarios para llevar a cabo el disparo perfecto. «Nos enseñaron cosas muy interesante sobre la forma correcta de utilizar una mirilla para determinar la distancia del blanco basándonos en factores como la velocidad de la bala», señala. Con todo, eso le sirvió solo como un punto de partida pues, cuando llegó a su primer destino, la electrónica sustituyó a la libreta y el papel. «El ordenador nos hacía los cálculos automáticamente. Aunque venía bien saber la base. Con la velocidad de la bala, la presión barométrica, la elevación de lo alto que estábamos sobre el mar, el tipo de munición… Metíamos todo en un programa y eso nos permitía saber lo alto que teníamos que apuntar (de más) para alcanzar al enemigo desde la lejanía», completa.

Mientras rememora con las manos la posición que tomaba en Irak para hacer fuego, Lacz deja claro que sus disparos estaban regidos por las «reglas de compromiso» otorgadas por el Congreso de los Estados Unidos. Unas normas difíciles de tener en cuenta en el momento del enfrentamiento. «Cuando estás en combate tienes que tomar las decisiones en décimas de segundo, y no siempre puedes pensar. Personalmente, solía hacerme dos preguntas de forma inconsciente al apretar el gatillo: si la baja era buena para mi unidad, y si el tiro me ponía en peligro. Ser francotirador en combate es un trabajo dinámico», añade.

¿Como en Hollywood?

Lo que más claro tiene este antiguo SEAL es que disparar no es como en las películas. «No es tan dramático. Todo sucede con mucha rapidez. El blanco se suele presentar repentinamente frente a ti y tienes que actuar», explica.

En este sentido, afirma que no existe ningún ritual como los de Hollywood a la hora de hacer fuego. Tan solo señala que hay tres factores a tener en cuenta. El primero es la posición del cuerpo, pues «tienes que estar estable mientras disparas». El segundo es «la velocidad a la que aprietas el gatillo, ya que hacerlo demasiado rápido puede significar no dar en el blanco». El último es la respiración, pues es básico «bajar el ritmo del corazón para que el tiro no se desvíe».

Tampoco es partidario de la creencia de que el francotirador jamás olvida las caras de aquellos sobre los que hace fuego. «Nunca pensaba en sus rostros. Si apuntas a alguien y quieres hacer un disparo preciso, te enfocas sobre un punto concreto, solo te fijas en eso. Si miras su cara, probablemente no dispares a la parte del blanco que debes. Yo buscaba cosas pequeñas en las que focalizar mi ojo, como un botón de la camisa. Por eso te acuerdas de factores como su ropa y los accesorias que llevaban puesto, pero nada más», completa.

En este sentido, sentencia que lo mejor es no establecer relaciones con la víctima por salud mental. «La única conexión debe ser la bala», finaliza.

En Irak

Tras llevar a cabo varios cursos de especialización más, Lacz fue asignado al Equipo Tres de los SEALs. Poco después llegó a Irak como un novato más. Un hombre sumamente entrenado, pero que era visto por sus compañeros como un mero aficionado que todavía no había hecho su primera baja en combate. «En 2006 nos encontrábamos dentro de la parte álgida del conflicto entre los suníes y los chiitas. Estábamos en la zona occidental de Irak, habitada por suníes, y teníamos que arrancar de raíz la insurgencia. No era nada fácil», señala.


Para ello, su unidad participó en multitud de operaciones de infiltración y respuesta directa. Además de las habituales guardias fusil de precisión en mano. «Nuestro trabajo era diferente. Colaborábamos ejerciendo de francotiradores, hacíamos muchas acciones directas o golpes de mano en mitad de la noche, entrenamos a las unidades especiales iraquíes. Todo eso lo llevamos a cabo en conjunto con la fuerza de los Marines y el Ejército en la ciudad Ramadi. Aunque éramos diferentes, nos comprometíamos con todas las unidades», añade.

Mantenían, además, relaciones con los ancianos que dirigían la política religiosa, quienes les desvelaban a cambio quiénes estaban tramando atentados o ataques contra ellos.

Con el paso de las jornadas, Lacz participó en su primera misión: una operación en la que su unidad (apoyada por aquellos iraquíes a los que entrenaban) debía conquistar un edificio de varias plantas sin ser descubierta.

La operación exigía el mayor sigilo y, para desgracia de los SEALS, eso no es lo que obtuvieron gracias a sus torpes y ruidosos aliados. A pesar de todo, el objetivo se cumplió y nuestro francotirador pudo, entrando el primero y encañonando a sus enemigos, desarmarles sin disparar ni una sola vez… Tuvo suerte ya que, cuando el «baile» terminó, se percató de que se le había caído el cargador de su arma... ¡y que no habría podido disparar aunque hubiese querido!.

«Quería mostrar esa diferencia en el libro. Que quedara claro que todo el mundo se equivoca y que da igual que lleves dos años o cuatro entrenando. La historia demuestra que es más que posible cometer una gran cantidad de errores que te pueden costar caro. Pero la clave es ir corrigiéndolos. Tienes que estar preparado para todo. Puedes tener un blanco muy malo o puedes tener un iraquí que te fastidia el silencio porque le da un manotazo a una escalera, pero tienes que estar preparado. Ser un SEAL es saber arreglarlos y seguir adelante», añade.

Después de acabar con su primer enemigo, Lacz participó en la batalla por la que él y Kyle serían recordados, la de Ramadi. «Aquella contienda fue la el inicio de la entrada de los EEUU en la zona gracias al gran empuje de los marines», señala.

El enfrentamiento se ganó, pero a costa de un sufrimiento que queda explicado perfectamente en el libro. En él, los «Castigadores» de nuestro entrevistado (así se hacían llamar los miembros de su equipo) se enfrentaron a mil contrariedades. Y algunos no salieron con vida. Esos hombres a los que, por su envergadura, el francotirador apodaba cariñosamente BTF. «Son las siglas de “hombres rana grandes y duros”. Me gustaba llamarnos así porque todos medíamos casi dos metros y pesábamos unos 100 kilos», completa.

Las armas de Lacz

M4 – Arma principal. «Cuando hacíamos nuestros asaltos o nuestras “redadas de acción directa” usábamos de forma principal la M4 con un silenciador y una mira de punto rojo».

Fusil MK11 – Arma de precisión básica. «En las misiones en las que actuaba como francotirador me gustaba el MK11. Estaba silenciada y tenía 12 rondas en el cargador. Podías disparar varias veces si entrabas en una lucha cercana. Además tenía una buena mirilla nocturna».

Remington 700 – Arma de precisión pesada. «La usábamos para los disparos más largos. Tenía un calibre 30, 3 rondas de disparos, y podía disparar a 1.500 metros o incluso más lejos».

 

Fuente: ABC | Autor: Manuel P. Villatoro

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